
Creo que ha llegado momento. Ya es suficiente. Es preciso hablar de La Marmota.
La Marmota tiene tres años y es exasperantemente rubia. Tiene la boca chiquita y los labios salidos para afuera. Los ojos negros. Ah, perdón, aclaro: La Marmota es masculino. Y es un nene, además.
-¡¡¡¡¡¡¡¡”Basta”, no!!!!!!!!
-¡¡¡¡¡Yo no soy bobo!!!!!!
-¡¡¡¡¡No quiero, no quiero!!!!
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡No quiero!!!!!!!!!!!!!!!!
Su lenguaje no excede esas cuatro frases. Así conversa con su madre y su padre. La primera, una ama de casa con cara de sufrida. El segundo, un muchacho que dice “Carajo” una vez cada tarde, tose como un tuberculoso y ronca como una máquina retroexcavadora.
Ella, él y La Marmota viven en el dúplex pegado al mío.
Al igual que casi todas las mañanas, hace algunos días amanecí con un “¡¡¡¡¡No quiero, no quiero!!!!”. Entonces agarré a upa a Antonia, que le sonreía hasta a un asesino serial, y toqué la puerta en la casa de La Marmota.
Frente a los tres expliqué que escuchaba todo, que entendía cuan difícil era criar un hijo, que el dúplex tenía un terrible defecto acústico y que por favor procuraran hablar más despacio hasta que yo consiguiera sacar un crédito, comprar otra casa e irme a la mismísima mierda de ahí. Esto último no lo dije, claro.
Los días pasaron y parecía que habían entendido la consigna. Pero anoche, mientras bañaba a Antonia, escuché el siguiente diálogo:
-Hijo, hijito, vamos a bañarte. Por favor, calmate. Basta.
-¡¡¡¡¡¡¡¡”Basta”, no!!!!!!!!
-No grites. Parecés un bobo, che. Qué van a decir los primos.
-¡¡¡¡¡Yo no soy bobo!!!!!!
-Vamos al baño.
-¡¡¡¡¡No quiero, no quiero!!!!
-Vamos al baño, hijito.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡No quiero!!!!!!!!!!!!!!!!
