Íbamos en el auto por un camino de ripio lleno de libres diminutas, arroyos, paredones cordilleranos, cascadas, casas de artesanías con exquisito licor de rosa mosqueta y araucarias. El Circuito Pehuenia. Por ahí andábamos con Esteban y Antonia, que se entretenía en silencio en la sillita de atrás comiendo un pelón entero de a poco, como un ratón, con los únicos dos dientes que tiene. Hacía por lo menos 45 minutos que yo no cuestionaba la manera de manejar de mi marido. Entonces dije:
-Qué increíble el tiempo y energía que dedicamos a trabajar. Horas y horas para llegar a casa con la cabeza quemada. Es como si viviéramos distraídos, alienados.
-Equivocados. Es como si viviéramos equivocados –dijo Esteban




