sábado, 19 de marzo de 2011

Equivocados


Íbamos en el auto por un camino de ripio lleno de libres diminutas, arroyos, paredones cordilleranos, cascadas, casas de artesanías con exquisito licor de rosa mosqueta y araucarias. El Circuito Pehuenia. Por ahí andábamos con Esteban y Antonia, que se entretenía en silencio en la sillita de atrás comiendo un pelón entero de a poco, como un ratón, con los únicos dos dientes que tiene. Hacía por lo menos 45 minutos que yo no cuestionaba la manera de manejar de mi marido. Entonces dije:

-Qué increíble el tiempo y energía que dedicamos a trabajar. Horas y horas para llegar a casa con la cabeza quemada. Es como si viviéramos distraídos, alienados.
-Equivocados. Es como si viviéramos equivocados –dijo Esteban

viernes, 28 de enero de 2011

Los aros


Pili era la que estaba parada atrás de la pasarela. Tenía que sacarle y ponerle los aros de plumas y piedras a las modelos, arrearlas para que salieran a tiempo, acomodarles los breteles. La situación era extraña. Por primera vez Pancho Dotto dejaba Punta del Este en pleno enero y se trasladaba con Dolores Barreiro y otras de sus modelos a una recóndita playa del sur bonaerense llena de aguasvivas: Monte Hermoso.

Y ahí estaba Pili, a los gritos, que a pesar de su inexperiencia se las rebuscaba muy bien.

-¡¡Chicas por acá!! –gritaba.

Las modelos, flaquísimas, bellas y subidas a tacos imposibles, obedecían todas.

Salvo Bernardita, la hermana de 16 años de Dolores Barreiro. Eufórica, la chica pegaba pequeños saltos en la trastienda del desfile e iba y venía como en una especie de limbo fashion.

-¡¡Chicas!!¡¡Esta pasada va sin aros!! ¡¡Por favor dénmelos a mí!! –gritó Pili en la mitad del desfile.

Una a una, las modelos se ubicaron en fila y le entregaron los aros en la mano. Hasta que pasó Bernardita. Como en una coreografía de Susana Giménez con los Susanos(una de esas en las que la diva baja la escalera), la chica levantó los brazos y revoleó los aros al piso: uno fue a parar la izquierda y el otro a la derecha. Los ojos de Pili terminaron como los Néstor Kirchner. Finalmente levantó uno de los aros y su humillación descendió al 50 por ciento. Cinco minutos más tarde se paró frente a ella otra modelo, una cuyo nombre desconozco, y con una sonrisa irónica se burló de su compañera y le dio el otro aro a Pili.

-Me parece que a alguien se le cayó esto -dijo.

martes, 18 de enero de 2011

Tiesos


La del sábado era una típica mañana de playa en Monte Hermoso: aguasvivas, mate, gente caminando al faro ida y vuelta y cientos y cientos de comentarios sobre el clima, la inseguridad, la inflación, el tumor de tal o cual y cuán bueno está el licuado de durazno que venden en el parador.

-Che, ¿qué es eso? –preguntó de repente mi hermano El Jhony.

Dos varones de unos 17 años se daban besos de lengua parados a pocas reposeras de distancia. Flaquísimos, entremezclaban sus brazos largos y huesudos y seguían, dale que va, a puro beso y caricia.

-Ah, mirá –dije yo.
-Está perfecto. Están enamorados y se expresan –agregó mi amiga Pili.
-¡¡Paren de mirar, loco!! –se retaban entre sí un grupo de porteñas que recién había llegado a Monte Hermoso.

Los chicos se dieron un par de besos más y se fueron de la mano. Nosotros nos quedamos comentando la escena. A la tarde, promediando los mates, volvimos a hablar sobre ellos.

Y me quedó una conclusión. Una austera y primera conclusión. Y es que hoy somos muchos los que decimos y pensamos que cada quien hace lo que puede, quiere, lee, ve, y más verbos que terminan con e, pero basta que se nos presente a los ojos algo distinto que nos quedamos tiesos como liebre encandilada con luz de auto. ¿Me equivoco?

martes, 4 de enero de 2011

Mirar


Pasaron la noche de Año Nuevo de a tres. Ella, ella y él, fumaron marihuana y bailaron y cantaron a los gritos en un balcón. Si no me falló la vista, lo que comieron fue sushi. Cada dos por tres veo a un tipo que hace asados en un chulengo. Lunes, martes, cualquier día es bueno para tirar un pollo o unos chorizos. Lástima que usa carbón en lugar de leña. La kiosquera tiene un loro que canta la marcha peronista. Mis vecinos se compraron una pelopincho redonda; una que parece un estanque de campo de plástico. Víctor tiene 63 y vive solo en un chalet con alero. Día por medio lo barre, porque detesta que se le junte la tierra: “Me vuelve loco”, dice. Desde que asesinaron a su marido, a la señora que vive al lado de lo de mi mamá se la ve muy poco. En la oficina hay un tipo que juega al Tetris todo el tiempo y me irrita.

Que alguien me explique por qué miramos tanto al de al lado. En la calle, la casa, el trabajo y ¡claro que sí! en la computadora. Quizá por eso Facebook vale hoy 57 mil millones de dólares.

martes, 14 de diciembre de 2010

Maldad

Que recuerde, no había hecho una maldad deliberada desde que a mediados de los 90 me robé de un kiosco una revista con Brad Pitt en la tapa.

La semana pasada reincidí. Era feriado, 8 de diciembre, día en que la gente se dedica con parsimonia a colgar pelotas de un material extraño, brillante, sobre un símil de pino de plástico más o menos voluminoso. A mí, en cambio, me tocaba trabajar. Como una burra, me tocaba trabajar.

Cerca de las 2 de la tarde, agotada, sin haber dormido en toda la noche y con el celular pegado a la oreja desde la madrugada, decidí recostarme un rato junto a mi redonda hija, Antonia, que ya cumplió diez meses, y Esteban. Nos acompañaba la aspiradora de la vecina con medianera lindante. Y la batería eléctrica de jueguete de su hijo. Más el equipo de música del padre con José Luis Perales quien, constipado y a todo volumen, gritaba Y como es él y en que lugar se enamoro de ti; de donde es; a que dedíca el tiempo libre; preguntalé; porque ha robado un trozo de mi vida; es un ladron; que me ha robado todo.

Esteban y yo nos levantamos y con la cara hinchada, parados uno enfrente del otro, nos miramos a los ojos.

-Se terminó –dijo él.
-Sí. Dale. Ahora sí.

Esteban abrió la puerta de entrada, cogoteó hacia la ventana de los vecinos para corroborar que no miraban y estiró la mano hacia su pilar de energía eléctrica. Asesorado e impulsado por quien suscribe, los dejó sin luz.

Por dos horas, hasta que la siesta me devolvió algo de piedad, no hubo aspiradora ni batería ni José Luis Perales preguntando boludeces.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Medicina privada


-Qué bárbaro, este Francella.

El televisor de la sala de espera pasaba Casados con hijos y Mariel soltó el comentario. Edgardo acató con una sonrisa y relojeó su Blackberry. Mariel y Edgardo eran perfectos desconocidos y esperaban en el consultorio de un médico al que ambos iban más o menos seguido. Estaban en una cita a ciegas. Unos días antes, al doctor se le había ocurrido que dos de sus pacientes cuajaban, así que les habló a uno del otro, les dio turnos seguidos y los hizo esperar. Los hizo esperar mucho.

-¡Jjajaja! –se reía Mariel, atenta a su circunstancia.
-No puedo creerlo –arrancó Edgardo.
-Es raro, sí.
-Pero bueno, hay que hacerse cargo. ¿Te puedo llamar?

Un par de días después la llamó y la invitó a salir. Fueron a un bar. Y después a otro. Charlaron cómodos, la pasaron bien. A las 5.30 estaban estacionados frente al departamento de ella.

-¿Vamos a otro lado? –preguntó él.
-¿A esta hora? No creo que haya muchos lugares abiertos.

Edgardo pasó y besó. E hicieron la cochinada, sí.

El otro día cené con Mariel y otras amigas en un restaurante. Esperábamos la entrada cuando a ella le sonó el teléfono. Era Edgardo. Hablaron muy amablemente: que cómo te fue, que qué bárbaro este médico, que qué bien la pasamos, que te llamo en estos días. Mariel estaba colorada y se hiperventilaba con las manos. Como toda amiga de bien, contó detalles de la charla en la sala de espera, del aspecto y forma de ser de Edgardo. Y terminó:

-Recién por teléfono dijo “tenía ganas de escucharte”. Un poco fuerte, ¿no?

jueves, 4 de noviembre de 2010

Imperdonables

Comprarse una remera negra Adidas original y mancharla con lavandina el mismo día del estreno.


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Manejar con el marido en el asiento del acompañante y, por temor al equívoco, romper espejos y estacionar para el ort%&$%.

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Dejar escapar sin chequear una falta de ortografía.

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Decirle al gerente de la empresa donda trabajás:
-Yo pertenezco a la generación que cuando se harta de una condición no espera demasiado. Si ve que la cosa no cambia, busca otra cosa y se va. A esa generación pertenezco.

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Hacer una escena de celos por Internet, vía blog.

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Acariciar en la cabeza al vecinito de tres años que grita, grita y grita como un sindicalista reclamando paritarias.

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Atender a un vendedor ambulante desconocido en la puerta de la casa y mantener el siguiente diálogo:
-Buen día, señora. Tengo estos repasadores para ofrecerle.
-¿A ver?
-Ayer pasé a la mañana y no había nadie.
-Ah noooo... ¿Sabe qué pasa? Que a la mañana es imposible. Hasta las cinco, más o menos, acá no hay nadie.

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Dejar a la bebita de ocho meses sola arriba de la cama grande y que se caiga de cabeza al suelo.

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Tener 15 años y decirle a tu mamá:
-Vos no sabés nada de la vida.

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Gastar 80 pesos en dos chupetes de origen inglés.

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No invitar a Marito al casamiento por temor al enojo del resto del equipo.

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Decirle a alguien que durante un tiempo te cagó la vida:
-Me cagaste la vida.

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Tener un blog y no atender amablemente los comentarios.