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domingo, 2 de octubre de 2011

Los chicos de Sistemas


Por algún motivo inexplicable, los chicos de Sistemas de la empresa donde trabajo, Gonza, Ale y Marce, te obligan a rendirles pleitesía.

  • Si querés que te instalen el Windows 7, les tenés que llevar una docena de facturas. Pueden ser sandwiches.

  • A las tres de la tarde, todos los días sin falta, te tenés que acercar a su oficina a servirles un té.

  • Los tenés que mantener informados acerca de todo lo que sepas extraoficial relativo a la empresa.

  • Y te tenés que reir de sus chistes. Como el del sobrenombre que le pusieron a un compañero del piso de abajo, "Peceto", solamente porque el tipo es muy tranquilo y, en consecuencia, no tiene nervios.


  • Pues el otro día fui yo la que cayó en desgracia. Habíamos compartido un casamiento, el de uno de ellos, Gonza, donde había habido bastante champagne, baile y diversión de la buena. Cuando el novio volvió de la luna de miel, nos juntamos unos cuantos en la oficina de Sistemas, incluyendo al director general de empresa, y ocurrió lo siguiente.

    -Ya tengo las fotos del casamiento -contó Gonza.
    -¡Buenísimo! ¡Traelas! -dije.
    -No sé, Lelé. No sé si vas a querer que las traiga.
    -¿Por qué?
    -Porque en una aparecés con el vestido corrido.
    -¡¿Hjkjgsuguitsrruqué?! ¡¿En serio?! ¿¡Se me vio una ttttett...!? No puedo soportar esto. Chau. Me voy.

    Y me fui a mi casa, escuchando cómo todos se morían de risa. En ese momento me puse colorada. Dormí colorada. 24 horas después, cuando ya pensaba en llamar al dermatólogo por tanta rosácea, pasé de largo por la oficina de Sistemas. Cinco segundos después escuché un grito:

    ¡¡¡Era mentira!!!

    miércoles, 15 de junio de 2011

    Desbarajuste

    Madrugada de un día de semana. Cinco y media de la mañana, más o menos. Afuera cae una helada. Adentro la temperatura es suficiente y amable. Duermo, duermo bien. En eso, Antonia llora. Resignada y mecánica me levanto y dirijo a su habitación. Me espera parada en la cuna, agarrada de los barrotes. La levanto, llevo a un sillón y apoyo contra mi pecho. Balanceo y entono el mantra: "Hahaá-hahaá... hahaaá-hahaá". Diez minutos, quince; media hora. Antonia se duerme.

    Espero un tiempo prudencial, el suficiente para que no haya cambios en la rutina. El indispensable para evitar un desbarajuste. Con respeto y pleitesía deposito a mi beba de un año y cuatro meses sobre el sillón, en el exacto lugar que mi cola acaba de dejar. De esa manera le garantizo calidez y solvencia onírica por un rato más.

    La operación resulta un éxito. Antonia sigue durmiendo. Despacio, casi sin respirar, me dirijo al baño y siento en el inodoro. Hago pis. Me regocijo pensando que quedan al menos dos horas de sueño. Pienso y libero y siento un ruido. Un sonido torpe y bajo, como de alacena. La ventana del baño me permite cierta visión. Parada en la puerta, enana, redonda y preocupada, Antonia camina tambaleante en dirección a mí. Se saca el chupete y dice:

    -¡¿Tucuá?!

    sábado, 14 de mayo de 2011

    Deuda saldada


    Todos los años paso una gran vergüenza. Una sola. La de 2010 la conté acá. Y la de este año ya está hecha. Lo cual es una suerte, porque de acá a fin de año tengo garantizado un tiempo de aceptación social. Quiero decir: es imposible superar el papelón que hice el otro día. Im-po-si-ble.

    Llegué a la oficina con ganas de llorar por un problema menor que no puedo contar acá. Así que me metí en el baño, cerré la puerta, senté en el inodoro y activé la glándula lagrimal. A moco tendido. Salí, me miré al espejo y dirigí a mi escritorio con muchísima, pero muchísima pena por mí misma. Estaba para el cachetazo.

    Eso fue tipo de nueve de la mañana. A la diez tenía una reunión por teleconferencia, una de esos encuentros muy cool con gente dispersa por la Argentina que se mira a la cara a través de LCDs. Ahí estaba yo, sola, apoyada en una mesa enorme y sentada en una de las 30 sillas del lugar.

    Empezó la reunión. Qué patatín, patatán. Que "cómo estamos, cómo nos sentimos, cuánto disfrutamos el trabajo". Me empecé a poner nerviosa. En algún momento iba a tener que hablar.

    -A ver, por favor -interrumpió el jefe-. Me interesa particularmente la opinión de Lelé.

    Entonces fue el momento vergonzoso de 2011. Apoyé los codos sobre la mesa y tapé la cara con las palmas de las manos. ¡Claro que sí! Hice un auténtico puchero y me largué a llorar.

    ¿Que cómo remonté la escena? No lo hice. Lloré. Y lloré un poco más. ¿Si me cavé la fosa? Capaz.

    Pero estoy más tranquila. Hasta diciembre quedan casi siete meses de paz. No hay forma de superar esto. La deuda 2011 está saldada.

    viernes, 29 de abril de 2011

    La verdad de la ensaladera


    No me lo contaron. Las vi desde el patio. Una de mis vecinas le devolvía a otra una ensaladera por arriba de la mediasombra. Era obvio. Habían compartido una comida con sus familias. Probablemente un asado. Con ensalada, claro, y postre. Sin invitarnos ni a Esteban ni a Antonia ni a mí.

    ¿La causa de semejante desaire? Algunas posibilidades:

    1. Esteban y yo nos negamos a hacer una perforación de agua conjunta.
    2. Antonia gritó demasiado fuerte.
    3. Renuncié a la comisión directiva de la sociedad de fomento.
    4. Nos burlamos a los gritos de La Marmota.
    5. Esteban eructó mientras cortaba el pasto.

    Al margen de que estoy casada, tengo una hija y opino voluminosamente sobre escándalos como el de Juana Viale y Martín Lousteau, dudo tener demasiados puntos en común con mis vecinas. No creo que conozcan a Radiohead ni sientan ternura (y un poquito de otra cosa) por Dr. House. Tampoco que disfruten con locura de una ensalada de achicoria bien amarga. Como sea, este desprecio es inadmisible.

    Pero está a la vista. Es la verdad de la ensaladera. Se avecinan tiempos difíciles.

    martes, 14 de diciembre de 2010

    Maldad

    Que recuerde, no había hecho una maldad deliberada desde que a mediados de los 90 me robé de un kiosco una revista con Brad Pitt en la tapa.

    La semana pasada reincidí. Era feriado, 8 de diciembre, día en que la gente se dedica con parsimonia a colgar pelotas de un material extraño, brillante, sobre un símil de pino de plástico más o menos voluminoso. A mí, en cambio, me tocaba trabajar. Como una burra, me tocaba trabajar.

    Cerca de las 2 de la tarde, agotada, sin haber dormido en toda la noche y con el celular pegado a la oreja desde la madrugada, decidí recostarme un rato junto a mi redonda hija, Antonia, que ya cumplió diez meses, y Esteban. Nos acompañaba la aspiradora de la vecina con medianera lindante. Y la batería eléctrica de jueguete de su hijo. Más el equipo de música del padre con José Luis Perales quien, constipado y a todo volumen, gritaba Y como es él y en que lugar se enamoro de ti; de donde es; a que dedíca el tiempo libre; preguntalé; porque ha robado un trozo de mi vida; es un ladron; que me ha robado todo.

    Esteban y yo nos levantamos y con la cara hinchada, parados uno enfrente del otro, nos miramos a los ojos.

    -Se terminó –dijo él.
    -Sí. Dale. Ahora sí.

    Esteban abrió la puerta de entrada, cogoteó hacia la ventana de los vecinos para corroborar que no miraban y estiró la mano hacia su pilar de energía eléctrica. Asesorado e impulsado por quien suscribe, los dejó sin luz.

    Por dos horas, hasta que la siesta me devolvió algo de piedad, no hubo aspiradora ni batería ni José Luis Perales preguntando boludeces.

    viernes, 17 de septiembre de 2010

    Tipo de cambio


    Tenía tanto laburo... Se me ocurrió pedirle ayuda a un tipo que trabaja cerca mío. Le mandé un mail: “Necesito colaboración en este asunto. ¿Por favor me darías una mano?”. Diez minutos después, el tipo entró a mi oficina, cerró la puerta y dijo:

    -¿Vos tenés en claro cómo son las cosas acá?

    Siempre que se me abre un frente de batalla cambio de color y temperatura. Lo usual: cara colorada, uñas azules, manos heladas.

    -¿Vos sabés para quién trabajo yo? –siguió.
    -Si te referís al mail que te mandé recién, era sólo un pedido de colaboración. No era para que lo tomaras así.
    -Ah. No pareció. Más bien pareció que me decías lo que tenía que hacer. Acá hay distintos sectores y cada uno hace lo suyo. A lo mejor va a haber que explicártelo. Para que aprendas, digo.

    Detesto el maltrato. Por lo general no estallo, pero internamente activo un fuerte operativo de pensamientos oscuros. Muy-oscuros.

    Pienso en la madre del tipo y en el pulóver con parches en los codos que nunca se cambia. En su olor a toalla mojada. Pienso en los asados a los que nunca, jamás, nadie lo va a invitar. En la manera en que los años, los noticieros y la posible inactividad sexual lo volvió el tipo que es hoy. En cómo sucumbió a un puesto así después de tantos años. Me pregunto por qué su cara expresa una eterna constipación. Qué lo volvió tan irritable. Tan inseguro. De qué manera se relacionará con su papá. Cómo pasará un domingo. Me pregunto si tendrá quién le cocine un tallarín.

    Pienso en todo eso y el tipo me da lástima.

    jueves, 24 de junio de 2010

    Mi primer ataque de pánico

    Este es un mensaje para los fabricantes y distribuidores de Clonazepán, Rivotril, Trapax y antidepresivos por el estilo: he tenido mi primer ataque de pánico.

    Fue hace un par de semanas, frente a un austero auditorio de estudiantes. Me habían convocado para dar una charla sobre un tema que no viene al caso. Yo era una de las disertantes. Sí, sí.

    Había mesa, vaso y jarra, cual conferencia de prensa. Llevaba puesto mi nueva blusita de Indian Style y el jean de buen corte. Pelo secado con secador, anteojos. Cara de amigos, muchos. Participábamos una periodista, un periodista y yo, que ya no soy periodista.

    Habló ella, muy bien, con su notebook. Contó experiencias extraordinarias y abrumadoras e historias de amenazas con un estilo narrativo bastante pulcro. Luego habló él. También había llevado anotaciones; incluso citas de grandes pensadores. Bien.

    Y me tocó a mí. No había preparado nada. ¡Nada! Llevaba dos noches sin dormir por Antonia y no me consideraba lista, en ab-so-lu-to, para lo que ocurría.

    -Buenas noches –dije, y me saqué los lentes.

    Como era de esperar, quedé en la nebulosa. Mi vista miope no alcanzaba a ver ni el vaso que tenía a 30 centímetros. Empecé a hablar.

    -Blablablbalbalbalabla.

    De repente no sabía dónde estaba, qué quería decir ni de dónde venía. Estaba más perdida que Cristina en una feria de ropa usada. Miré mi humilde papelito con anotaciones, las que había hecho mientras los periodistas hablaban.

    Pánico.

    Pensé en irme, en decir que me disculparan, que me sentía mal. Pero entonces dije “responsabilidad social empresaria”. Dos o tres conceptos ambiguos que manejo de taquito. De a poco logré que pasara la sequía bucal. Así, despacito, logré salir del rock and roll mental.

    Lo que no logré es ser interesante siquiera por 30 segundos.

    Pero lo más vergonzozo fue lo último. Sólo me faltaba el delantal blanco, la corona de jazmines, el sahumerio y las campanitas:

    -Sean buenas personas que con eso alcanza -dije.

    La próxima, lo juro, me quedo en casa abrazada a la bolsa de agua caliente.

    miércoles, 23 de septiembre de 2009

    Flash informativo


    Tomo un taxi para sacar fotos de una instalación eléctrica. Debo pasar por la ruta, la ruta donde está la planta embotelladora en la que trabaja Esteban.

    Mensaje de texto:

    -Estoy a dos cuadras de la planta, en un taxi.

    Paso de largo a 47 kilómetros por hora.

    Contra el alambrado; jean azul, lentes, polar negro y rulos al viento, Esteban sonríe/saluda con la palma abierta.

    viernes, 12 de junio de 2009

    Quién hace qué


    Fue ayer a las ocho de la mañana. Esteban había nadado una hora en la pileta del Ejército y se preparaba para ir a trabajar cuando un tipo sentado sobre una tabla inició una charla de lo más insulsa.

    -La pucha. Me olvidé el shampoo y el jabón.
    -¿Querés? Yo tengo, te presto.
    -No, no hace falta. Total ahora voy a casa y me baño allá.
    -Qué suerte. Yo me voy a trabajar.
    -¿Dónde trabajás?
    -En Coca Cola.

    La amabilidad del tipo dio media vuelta y partió rubo a Fam El Hisn, Marruecos.

    -¿Sabés cuál es el problema de ustedes? Que no cuidan al cliente.
    -...
    -Que son un desastre. Soy almacenero. Tengo un almacén en Kilómetro 5, en Almafuerte al fondo. El margen de ganancia que ustedes sugieren es una locura. Más ahora con el aumento de la luz. ¡Así no se puede!
    -...
    -Tienen que poner el 40 por ciento. Yo le pongo ese margen y así me pude comprar tres casas y dos autos. ¿Vos me querés decir cómo los mantengo?
    -...

    A Esteban se le hacía tarde y, hombre de una o dos pulgas, empezó a acordarse de cuando jugaba al rugby, de las peleas entre clubes.

    -Te lo digo clarito, flaco: si yo no saco 10 mil pesos limpios tengo que cerrar el almacén.
    -¡10 mil pesos! ¿Sabés cuánto me falta a mí para llegar a 10 mil pesos?
    -Ah noooo... ¡Pero por favor! ¡Vos no te podés comparar con un almacenero!
    -¿Por qué?
    -Vos no podés pretender ganar lo mismo que un almacenero porque no ponés nada. Nada más tu mano de obra. El almacenero invierte.
    -Yo estuve seis años en una universidad: rindiendo finales, gastando en libros, estudiando de noche. Y sin ganar plata. Si eso no es inversión, decime qué es.
    -Vos no te podés comparar con un almacenero. Punto.

    Nueve horas más tarde, Esteban se sentó conmigo en el sillón y me contó todo esto.

    viernes, 8 de mayo de 2009

    Catrasca


    Si necesitan algo, un favor, una tarta de frutillas, cualquier cosa, por favor no me llamen: estoy haciendo el trámite de la transferencia del auto.

    Y hoy a la mañana sentí que el oficial de la Verificación Vehicular creía que mi cara era irrefutable, es decir, que yo era boba.

    -No te puedo autorizar el auto si no grabás los vidrios -me dijo un hombre redondo en la Policía Caminera, a unos diez kilómetros de mi almohada.
    -¿Grabar los vidrios? ¿Hkfeughoasuitysoeuryosaiuysvidrios? -pensé.
    -Si querés, podés mandar a grabarlos en el centro, pero yo te los puedo hacer ahora por 40 pesos. Vos andá a hacer los papeles que yo te los preparo y te vas enseguida.

    Caminé con unos papelitos en dirección a una oficina con toda la cara de boba de la que era capaz.

    ¡Arrrrrrrrrooooooooooo! ¡Alto ahí! ¡Ya me enteré!

    Mi compañera Natalia me avivó hace un rato, a la hora del almuerzo, cuando le conté que me habían cagado en la verificación del auto.

    -¡No! Solamente te grabaron los vidrios.
    -¿Qué? ¿Cómo dijiste? ¿Grabaron? Yo mando a grabar películas, no vidrios.
    -¡Sí! Lo hacen siempre. Graban el número de la patente en los vidrios. No pasa nada: no te cagaron.

    ¡Arrrrrrrrrooooooooooo! ¡Alto ahí! ¡Sí! ¡Ya me enteré!

    No soy boba: soy catrasca.

    domingo, 3 de mayo de 2009

    Me arrepiento


    Dos arrepentimientos a lo largo de mi vida:

    1. Octubre de 1991
    Tengo 10 años y Vicky, mi vecinita, me invita a dormir a su casa. Voy, pero me comprometo a levantarme temprano: al día siguiente se espera la visita del censista. Una maestra hará preguntas para el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas y debo estar presente en casa con mi mamá y mi mamá para verla y escuchar qué dice. Tengo que saber qué es un censo.
    -No me lo puedo perder -pienso.
    Al día siguiente me quedo dormida en lo de Vicky. Corro a casa. La censista ya hizo sus preguntas y se fue.

    Primer arrepentimiento:
    No haber estado presente en mi casa cuando se hizo el censo de 1991.


    2. Noviembre de 2008
    Conversación en la pinturería Alba.
    -Buen día, vengo a ver pinturas de exteriores para mi casa -digo.
    -Sí, cómo no, ¿qué gama de colores busca?
    -Algo claro, pero no amarillo. Una especie de "arena".
    -Mire, acá tiene la gama. Fíjese y me dice.
    El vendedor abre unos papeles como un maso de cartas, los pone sobre el mostrador y se va. Cinco minutos después le hago una señal para que vuelva.
    -Ya está, ya elegí. Quiero este, el que se llama "Arena de Sudán" -le digo, y señalo con el dedo un color.
    -Bueno, pero yo le recomendaría que se llevara una lata de un litro y lo pruebe primero en su casa. Los colores de exteriores suelen verse distintos una vez puestos.
    -No, lo llevo ahora.

    Segundo arrepentimiento:
    No haber probado la pintura exterior y que mi casa se vea "amarillita".

    martes, 10 de febrero de 2009

    Patada voladora


    -¡Hola! ¿Cómo andás?
    -Tlmfsbfosfnsorfnsf. ¿Yguoghsfiougf?
    -Bien, acá, con los preparativos del casorio.
    -Hofusghriufg. ¿Enkjshudhiespedida?
    -¿Despedida? Y, no sé. Eso lo tienen que organizar ustedes.
    -Yfkjsehfugseufiu. ¡¡Ufrsagieyraer!!
    -¡Jajaja! No, con un asado alcanza.

    Ayer a la tarde Esteban hablaba por teléfono con su mejor amigo, El Pocha. ¿El tema? Sí, su despedida de soltero. Ese maldito ritual del subdesarrollo. ¡La puta madre, loco! Mi despedida fue el sábado pasado y resultó un encuentro armónico y auténtico entre amigas, una reunión que, sacando unas portaligas blancas y recortes de cartulina con formas de penes y vaginas, se pareció más a un taller de costura cool que a otra cosa.

    Así que resolví expresarme con una patada voladora.

    No bien Esteban terminó de hablar con El Pocha se asomó a la heladera a buscar un yogurt. Entonces avancé en dirección a sus glúteos. Pero no llegué: las piernas se me atascaron en el vestido de bambula que llevaba puesto y caí en el piso con el huesito dulce en punta. ¡El dolor! Así, conmigo tirada en el piso y gritando, Esteban puso una cubetera entera adentro de una bolsa y me obligó a sentarme encima.

    Calladita, obedecí de inmediato.

    miércoles, 24 de diciembre de 2008

    ¡Festejá! ¡Festejá! ¡Festejá!


    Voy a caer en el lugar común de criticar las fiestas de fin de año. El sistema las impone y eso jode. Si por mí fuera (y eso que soy Católica Apostólica Romana, familiera y en estas fechas me gusta estrenar equipito; de hecho, ya tengo lista una romanticota solera de Yagmour) hoy 24 de diciembre tomaría una birra en mi casa nueva, cometería una semi ilegalidad y sin mayor alharaca me iría a dormir.

    Mi abuela está en Terapia Intensiva desde hace varios días y de eso no voy a hablar. Sin embargo y a pesar de que estamos todos girando alrededor de esto, el lechón, adobado desde ayer, ya está cocinado y cortado y la ensalada de calamares con ajo y perejil, la tarta de puerros y las papas con huevo están esperando que les den señal de largada en un ratitito nomás. Y me juego la cabeza (de chancho, porque en la casa gallega donde nací cotiza en bolsa) que en este instante está mi papá cortando fruta para que se enfríe en el cajón de la heladera. En hora buena de que haya noches de paz con tanta comida, ¿pero por qué tiene que ser este día, a esta hora, con estos cohetes?

    ¡Festejá! ¡Festejá! ¡Festejá!

    Así somos y este tema está súper bastardeado. Además de lugar común, se ha vuelto un asunto bastardo. Basta

    viernes, 19 de diciembre de 2008

    Antes de ayer

    Antes de ayer renuncié al diario donde trabajé en los últimos cinco años y medio.

    Antes de ayer me levanté muy nerviosa. Tanto, que hipocondríacamente pensé que si seguía así iba a tener problemas de corazón, además de una intensa actividad intestinal de por vida.

    Antes de ayer cubrí la última noticia: el intendente y el ministro bonaerense de Desarrollo Social inaugurando una escuela de oficios para jóvenes con toda la hipocresía de la que son capaces. Sin embargo, gracias a aso tuve un regalo de despedida.

    Antes de ayer al mediodía iba en un taxi cuando desvié la mirada hacia una casa baja y blanca de la esquina del canal y Zelarrayán, de esas de una planta, una puerta, una reja, un árbol y dos ventanas. Justo en el medio del patio había un nene de unos tres años con un casco de pelo negro mirando hacia la calle. Estaba sentado sobre una maceta dada vuelta y las piernas no le llegaban al piso. Inmutable y sereno, esperaba. El almuerzo, seguramente.

    Antes de ayer decidí que esa imagen sería mi estampita de la buena suerte. Dos horas después sorprendí a mi jefe y compañeros (algunos amigos) con la renuncia. Que el telegrama, que el cinco de enero empezaba a trabajar en otra empresa, que “las condiciones”, que muchas gracias por todo y que seguramente nos íbamos a seguir viendo.

    El día de antes de ayer no me lo olvido más.

    martes, 25 de noviembre de 2008

    Dale gas


    -Buen día, vengo a pedir el medidor de gas -le dije esta mañana a la empleada de Camuzzi Gas Pampeana, a quien a partir de este momento llamaré La Forra de Mierda Hija de Puta.
    -Hola. A ver los papeles... No. Te falta pagar el sellado.
    -¿Qué sellado?

    Un sellado por la protección de los kiwis en Australia, que se cobraba en el supermercado de la vuelta y sin el cual no podía gestionar el medidor: el último eslabón para obtener el gas en mi casa nueva y, por añadidura, mudarme la semana que viene.

    -Bueno, acá estoy -dije 15 minutos después, con el tickecito de los kiwis en la mano.
    -Ajá. Pero vos todavía no podés pedir el medidor.
    -... -Preferí el silencio. Preferí escucharla. Preferí orar.
    -Lo que vos tenés que solicitar es el perforador, el zanjeo y la tapada. Son 115 pesos. Todo va a demorar entre diez y 15 días. Recién después podés venir a pedir el medidor.
    -Pero cómo. A mí me dijeron otra cosa. A mí me dijeron que yo venía a pedir el medidor de gas hoy y mañana podía calentar la pava para el mate.
    -Te dijeron mal.

    No puedo confirmarlo, pero creo que entonces empecé a retener líquido.

    -Listo. -Había pagado y vuelto a sentarme frente a La Forra de Mierda Hija de Puta. Sentía que jugaba al juego de la silla. Dele pararme y sentarme. Y el tickecito.
    -Bueno, a partir de ahora van a ir a tu casa una, dos, tres veces más a hacer los trabajos. Después venís y pedís el medidor y lo colocamos.
    -...
    -Y no te olvides que necesitamos el boleto de compraventa con firma certificada por escribano. Sino, no hay medidor.

    (...)

    Los tres puntos suspensivos de más arriba representan mis elucubraciones para dar a este relato un final jocoso. Un cierre ocurrente, chispeante. Pues no puedo. Sólo me salen conclusiones de índole nacional socialistas. Y eso está mal visto, incluso por mí misma. Así que esto es todo. Buenas tardes.

    jueves, 20 de noviembre de 2008

    Así quiero


    10.15
    -Hola, pá.
    -Hola. Me dijo mami que la casa está quedando como un chiche.
    -Sí, por suerte. Ayer terminamos de pintar. Nos quedan los zócalos.
    -¿Y la caldera? ¿Qué pasó con la caldera?
    -Pusieron la de tiro forzado y sacaron la chimenea.
    -¡Menos mal! ¡Qué suerte!
    -Sí, esta quedando lindo. Hasta el color me gusta ahora.
    -¡¿Qué?! ¡¿Con todo lo que jodiste?!
    -Sí, ahora me gusta. El sol y el viento le sentaron bien al color. Ahora queda lindo.
    -Bueh. Meno, chau.

    ***

    14.00
    -Pido la palabra, señor presidente.
    -Tiene la palabra, concejal.
    -Esta ordenanza se está votando a las apuradas y sin análisis. Eso es todo lo que tengo para decir.
    -Pido la palabra.
    -Tiene la palabra.
    -Coincido con el concejal preopinante. Mucho se habló de hacer un sistema de separación de basura en origen a modo de "shock" y el único "shock" exitoso que yo conozco es el del jabón de Susana Giménez.

    ***

    16.00
    -¿Cuántos caracteres querés?
    -¿Cuál es el título?
    -Que Covelia se va a hacer cargo de la basura.
    -Cuatro mil, cinco mil.
    -Me pasé, tengo seis mil.
    -No importa.

    ***

    17.00
    -Mami, tenés que ver a una tal Marta Moreno. Decile que vas de parte mía. Que nos haga precio.

    ***

    17.45
    -Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz...
    -¡Cómo duerme esta nena!
    -Sí, duermo, chancho. No molestar.
    -Me voy a correr. ¿Antes del curso vamos a ver al nenito?
    -Sí. Duermo. La gente duerme.

    ***

    19.10:
    (Este post está dedicado a mi amigo Mario Minervino, que me pidió que actualizara el blog. ¿Vale así? En definitiva, es costumbrismo en su estado más puro. En bruto. Al instante, como se hace en muchos blogs; con flashes informativos y todo. Qué vá ser: tengo calor, sueño y ganas de tomar leche de coco. Pero directamente del coco, ¿eh? Y con una pajita. Así quiero.
    )

    jueves, 9 de octubre de 2008

    El color del frente


    10 horas.
    -Qué tal, papi. ¿Alguna novedad?
    -No, todo bien. Me compré el DVD.
    -Ah, qué bien. Nosotros estamos decidiendo el color del frente.
    -Ojo con los colores oscuros que atraen el calor. Lo mejor es el blanco.
    -¿Sí? Bueno.
    -Meno, chau.

    ***

    13 horas. Dos canelones de verdura.
    -Te lo digo a vos, Maru. Estoy re caliente. Hace un rato lo pateaba a la mierda. Y se lo dije: "Todo esto me está poniendo mala. Mala". ¡Es que me tiene podrida!

    ***

    17 horas. 6200 caracteres.
    -Hasta mañana.
    Vuelta en la línea de subte imaginaria. Yogurt, tostadas y mini siesta. "El hombre".
    -¡¡¡Amecto!!!
    -¡Pero si ya estás recibiendo amecto!
    -Nunca es suficiente. ¡¡¡Amecto!!!

    ***

    19 horas. Caminata. 12 de Octubre, entre Paraguay y Salta. Señora escucha a Chiche por la radio.
    -Hace 23 años que trabajo acá. La gente varía de un año a otro. Antes agosto estaba vacío, pero después se llenó, por ejemplo. ¿Cómo es tu apellido, querido?
    -N.
    -¡Ah! ¡Pero si te conozco de chiquito! No te había reconocido. ¿Y el tuyo, querida?
    -Rodríguez.
    -Ah.

    ***

    21 horas. El color del frente. Photoshop.
    -Si te vas a poner a boludear con el verde me voy a la mierda.
    -¡No, mirá!
    -A ver, fijate con blanco. Qué querés que te diga: a mí me gusta el blanco.
    -Se te metió en la cabeza que los colores no, que lo térmico y no sé qué y ahora no querés escuchar nada que no sea blanco.
    -¿Vos te pensás que yo no tengo opinión propia? ¿Que repito como un loro? Para que sepas, estuve pensando mucho en el color del frente. Y es importante que sea claro. ¡Los colores oscuros atraen el calor!

    viernes, 8 de agosto de 2008

    Aprendiendo con Iomi

    Finalmente conocí en persona a Iomi. Metódico, me llamó al celular dos veces por semana desde que hablé de él acá. Y ayer me dije:
    -Vamos a ver si sigue igual el basural de este pobre viejo.

    Lo pasé a buscar en un taxi con un fotógrafo. Iomi me esperaba en la puerta de un edificio céntrico. Jubilado desde hace unos 15 años, tapado gris, fornido y derechito: una heladera de aluminio. Abrió la puerta de adelante del auto y ni me miró.
    -Agarrá Colón derecho -le dijo al taxista.

    Llevaba un audífono y carpetas con notas de diarios. Se dio vuelta como se dan vuelta los viejos adentro de un auto: tieso, complicado. Me dijo:

    -Ahhh, sí, sí... Usted va a aprender mucho. Va a ver. Yo le voy a mostrar.
    -Iomi, mire que estamos apurados, ¿eh? Una vueltita por el basural, diez minutos y volvemos. ¿Le parece?
    -Sí, sí, el basural. Pero ahí está el club marítimo. Los pescadores. El gran proyecto del intendente Puente. Sí. La basura a los costados. Nivelaron el terreno. Un desastre.
    -Bueno, pero acuérdese lo que hablamos antes. No se puede ver todo. Me muestra el basural, le sacamos una foto a usted en su terreno y volvemos.
    -Yo le muestro. Después usted elige lo que le parece. Me gusta esto de las notas. Me gusta. Va a ver todo lo aprende. En unos años va a aprender muchísmo. ¡Montones va a aprender!

    Iomi le indicó al taxista cómo entrar al basural. Se bajó del auto. El fotógrafo y yo también. Había un perro atado a un alambrado, muy parecido a Huesos, de Los Simpson. El animal estaba tan afónico que no se escuchaba todo lo que ladraba, y era mucho. El fotógrafo lo soltó y Huesos salió rengo entre las bolsas de mierda. Creo que se frenó en una a comer algo. Mientras tanto, Iomi hablaba. Y se retobaba:

    -No, fotos no. Yo soy un hombre muy reconocido. Soy de la inmobiliaria. Fotos no.
    -¿Pero cómo no? ¿Me llamó por lo menos 15 veces para venir acá y ahora me dice que no quiere fotos ni nota ni nada? ¡Me dijo que le gustaban las notas, Iomi!
    -No, nada. Poné "un importante empresario inmobiliario local".
    -Ah, mire, ahora me dice lo que tengo que poner. -Empecé a transpirar. Quería dejarlo a dormir la siesta entre la basura.

    Le dije al taxista que diera la vuelta. Iomi suplicaba:

    -Espere, diez minutos que le muestro la pesca. Acá iban a venir los pescadores. Esto iba a ser un muelle. La basura. Nivelaron el terreno y dejaron la basura al costado. La próxima vez que salgamos a pasear le muestro más. Usted va a aprender mucho, ya va a ver.

    viernes, 25 de julio de 2008

    Loqué la tenología

    * Consigna: armar un suplemento por el aniversario del diario con notas de hechos importantes de hace 20, 40 o 110 años, que son los que se festejan el viernes 1 de agosto.

    * Actividad: ver los diarios viejos en el archivo de papel del subsuelo. El lugar es frío y hay un silencio seco. "Estelita" está a cargo.

    * Percance: en la gran mesa del centro, cuatro redactores y yo trabajamos entre antiquísimos y únicos ejemplares de historia bahiense. Al dar vuelta una página se me rompen dos centímetros de un diario del 4 de diciembre de 1913, el día que se publicó la visita de Teodore Roosevelt a la ciudad. Sigilosamente, deslizo mi mano al ras de la mesa y guardo el pedazo de papel en el bolsillo derecho de adelante del pantalón. Nadie se da cuenta. Por las dudas, alejo la taza de mate cocido.

    * Epílogo: "Estelita" saca fotos desde distintos ángulos de la mesa.
    -Hacía años que no venía tanta gente -dice.

    sábado, 12 de julio de 2008

    Cha cha cha

    Se me ha dado por serializar. Primero con el ciclo de mala muerte sobre usos del lenguaje y ahora con mi familia. Mi hermano "el Jhony", mi papá el del satélite, hasta puse una foto mía. Ultimamente ando con pocos problemas para exponerme, así que pido disculpas a quien las requiera por tanto egocentrismo. Ahora presento el departamento de Ternura de este blog. El gerente del área es mi sobrino Benjamín, que en septiembre cumple dos años y tiene cierto comportamiento extraño. Notable, ayer se despidió así: