sábado, 17 de septiembre de 2011

Con vista al ombligo

Semanas ocupadas, las últimas. Si miro para abajo, en dirección a mi ombligo, esto es algo de lo que quedó:

1. Mi hija come alcauciles. Me pone contenta.

2. Continúo en mi trabajo habitual, pero volví a escribir. Desde hace un tiempo redacto páginas web y otros contenidos, como por ejemplo: ¡blogs!

3. Cerca mío hay dos personas, dos mujeres, que no me quieren. Lo percibo. Es obvio, bah. Juro que nunca más las voy a invitar a tomar la leche a mi casa.

4. Engordé un par de kilos. Ando culoncita y con cierta barriga.

5. Ayer, cuando la directora del jardín de mi hija me dijo "Antonia es un amor, es buena y se integró bárbaro con los chicos" sentí eso de "M'hijo el dotor".

6. Fumé algunos cigarrillos en las últimas semanas: cuatro o cinco, no más. Los disfruté.

7. Hoy en el supermercado dos tipos me gritaron un piropo. ¡En buena hora! Hace bien al espíritu que cada tanto a una le digan una barbaridad.

8. Odio mi auto.

9. Aunque suene a lugar común, me alegra que broten los árboles en primavera. Por lo mismo, me saca de quicio que el limonero del patio no me de un puto limón para ponerle a la Sprite.

10. Mi vecino tose como Shrek con tuberculosis. Es desagradable.

domingo, 14 de agosto de 2011

Novedades

Alguna vez leí por ahí que para que un blog funcione tiene que estar actualizado. No importa si lo que aparece es una nueva receta para el café con leche o un relato pormenorizado del diálogo que (increíblemente) se tuvo con el kiosquero. Lo importante es la novedad. Pues he aquí la actualización de este blog. Hoy, con ustedes: ¡la nada misma!.

martes, 12 de julio de 2011

Horacio


Cada dos por tres, Horacio se levanta, toma un mate y sale a la calle al grito de:

-¡¡¡VIVA PERÓN, CARAJO!!!

Vecino de mis viejos desde hace 40 años; voz ronca, fuerte e inconfundible, Horacio es un excelente asador y amigo, culto e interesante: muy querible y valorado dentro de mi familia. También es profundamente antiperonista. Sus cánticos y alusiones a Juan Domingo cada vez que amanece soleado (“¡¡¡PERO QUÉ MAÑANA MÁS PERONISTA!!!”) son una parodia, una caricatura, un numerito irónico que monta desde hace años. Décadas, en realidad. Horacio es un caso de estudio, sí.

Como sea, aquel día lo tuve que llamar. Estaba asustada. Había ido a visitar a mi papá y nadie atendía la puerta. Desde afuera se veía el auto, el perro. Hacía poco que mi papá había perdido el oído izquierdo, pero que no escuchara mis golpes era demasiado.

-Horacio, ¿sabés algo de mi papá? –le pregunté.
-No, che. Pero no escucha nada y duerme como un lirón. ¿Tocaste el timbre?
-Sí, a lo pavote. Pero no pasa nada. Timbre, puerta, ventana: todo toqué.
-Ah la pucha…

A los pocos minutos se había formado una congregación frente a la casa mi papá. Horacio, mi marido Esteban, María Ester (otra vecina) y yo. Los nervios crecían. Mi mamá estaba de viaje. Me imaginaba llamándola, diciéndole que… “Hola, mami, tkusghdfuispapighnoséiufhisudf…”.

Esteban se subió al techo y pataleó en la habitación de mis viejos, donde pensábamos que mi papá podía estar durmiendo la siesta. Después bajó al patio y golpeó la puerta trasera. Nada. No pasaba nada.

Desesperada, me prendí al timbre por última vez.

En eso, un ruido.

-¿Quién es? –preguntó mi papá bajito, con voz de dormido.

Horacio no se pudo contener. Infló los pulmones y gritó con todas sus fuerzas:

-¡¡¡¡¡¡¡ESTÁ VIVO!!!!!!!

miércoles, 15 de junio de 2011

Desbarajuste

Madrugada de un día de semana. Cinco y media de la mañana, más o menos. Afuera cae una helada. Adentro la temperatura es suficiente y amable. Duermo, duermo bien. En eso, Antonia llora. Resignada y mecánica me levanto y dirijo a su habitación. Me espera parada en la cuna, agarrada de los barrotes. La levanto, llevo a un sillón y apoyo contra mi pecho. Balanceo y entono el mantra: "Hahaá-hahaá... hahaaá-hahaá". Diez minutos, quince; media hora. Antonia se duerme.

Espero un tiempo prudencial, el suficiente para que no haya cambios en la rutina. El indispensable para evitar un desbarajuste. Con respeto y pleitesía deposito a mi beba de un año y cuatro meses sobre el sillón, en el exacto lugar que mi cola acaba de dejar. De esa manera le garantizo calidez y solvencia onírica por un rato más.

La operación resulta un éxito. Antonia sigue durmiendo. Despacio, casi sin respirar, me dirijo al baño y siento en el inodoro. Hago pis. Me regocijo pensando que quedan al menos dos horas de sueño. Pienso y libero y siento un ruido. Un sonido torpe y bajo, como de alacena. La ventana del baño me permite cierta visión. Parada en la puerta, enana, redonda y preocupada, Antonia camina tambaleante en dirección a mí. Se saca el chupete y dice:

-¡¿Tucuá?!

martes, 7 de junio de 2011

Tiempos modernos


Estoy en una de esas semanas... Una de esas que seguro-seguro me voy a acordar por un buen tiempo. Porque resulta que agarré coraje y mandé todo a la hiedra. Con "todo" me refiero a una cuestión menor, que quede claro. Pero eso sí: me preparé. Y fui moderna, además. ¿Que qué hice? Lo que se hace hoy en día. Unos días antes rompí el chanchito y fui al psicólogo. Nunca había ido a uno. Me encontré con una señora muy mona. Flaca, inteligentísima, me invitó a pasar y miró de una manera servicial, como diciendo "Bueno, vos dirás". Y dije. En forma, dije. ¿El lugar? Sala a la calle, dos silloncitos. Un diván, claro. No, che, no me acosté. Solamente apoyé la cartera y campera. Fue raro: me sentí cómoda. El caso es que la pócima surtió efecto. Creo, bah. Ahora ando parlanchina, sonriente. Cada tanto una risotada. No me van a decir que no es super moderno todo esto... ¿Que no? ¿Que espere un poquito?

Oia.

sábado, 28 de mayo de 2011

Nada, che

No he llegado a ninguna conclusión en los últimos días sobre ningún aspecto de la vida y el mundo. Buenas tardes.

sábado, 14 de mayo de 2011

Deuda saldada


Todos los años paso una gran vergüenza. Una sola. La de 2010 la conté acá. Y la de este año ya está hecha. Lo cual es una suerte, porque de acá a fin de año tengo garantizado un tiempo de aceptación social. Quiero decir: es imposible superar el papelón que hice el otro día. Im-po-si-ble.

Llegué a la oficina con ganas de llorar por un problema menor que no puedo contar acá. Así que me metí en el baño, cerré la puerta, senté en el inodoro y activé la glándula lagrimal. A moco tendido. Salí, me miré al espejo y dirigí a mi escritorio con muchísima, pero muchísima pena por mí misma. Estaba para el cachetazo.

Eso fue tipo de nueve de la mañana. A la diez tenía una reunión por teleconferencia, una de esos encuentros muy cool con gente dispersa por la Argentina que se mira a la cara a través de LCDs. Ahí estaba yo, sola, apoyada en una mesa enorme y sentada en una de las 30 sillas del lugar.

Empezó la reunión. Qué patatín, patatán. Que "cómo estamos, cómo nos sentimos, cuánto disfrutamos el trabajo". Me empecé a poner nerviosa. En algún momento iba a tener que hablar.

-A ver, por favor -interrumpió el jefe-. Me interesa particularmente la opinión de Lelé.

Entonces fue el momento vergonzoso de 2011. Apoyé los codos sobre la mesa y tapé la cara con las palmas de las manos. ¡Claro que sí! Hice un auténtico puchero y me largué a llorar.

¿Que cómo remonté la escena? No lo hice. Lloré. Y lloré un poco más. ¿Si me cavé la fosa? Capaz.

Pero estoy más tranquila. Hasta diciembre quedan casi siete meses de paz. No hay forma de superar esto. La deuda 2011 está saldada.