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lunes, 22 de septiembre de 2008

Sobre cómo detectar el mal aliento

Me siento en la obligación de aclararlo: hay gente con cara de mal aliento. No me refiero a los clásicos olores a cebolla, ajo o mondongo a la española, sino a las caras, a esos rostros que emanan aromas nausabundos de sólo mirarlos. Porque a lo mejor esta pobre gente huele a jazmines, pero la cara dice otra cosa. Y ojo, que todos nos levantamos a la mañana y yo también y todos los días, ¿eh? Pero algunos, sencillamente, no lo tienen resuelto. Ni siquiera siendo famosos y codiciados:

Pablo Echarri. No niego que tenga aspecto de macanudo, barrial y copado. Pero su aliento... ¡Mamita! Es como si respirara demasiado. Como si se la pasara exhalando.

Nazarena Vélez. Estoy segura de que no le gusta lavarse la boca. Además, se frota tanto los dientes con la lengua... Eso no puede estar bien. Debe tener aliento a baba.

Angelina Jolie. Es hermosa y le dá un hijo tras otro al ser más zarpadamente bello y desaliñado que camina sobre la tierra. Pero está cada vez más flaca. No come. Y la gente que no come libera mucho jugo gástrico. Como los sapos. Ella tiene lo que comunmente se llama "vacío", eso que a todos nos dá cerca del mediodía en el trabajo. Angelina Jolie tiene aliento a hambre.

Lenny Kravitz. Las manos de Perón nunca fueron encontradas porque están adentro de la boca de este hombre. Toda la onda, algunos buenos temas (sobre todo los viejos) y más onda, pero una de las caras de mal aliento más conocidas del ambiente. Para el que llegó hasta acá, dos aclaraciones:
1. El origen de estas reflexiones corresponde a mi hermano El Jhony. Desde que yo era una nenita con zapatos ortopédicos me metió la idea de la "cara de mal aliento".
2. Pensaba hablar sobre el ombligo de Lenny Kravitz. La revista Rolling Stone lo hizo hace poco y me parecía que tampoco lo podía dejar pasar. Pero ya me estoy excediendo, ¿no? Y yo había prometido ser mejor persona. Seguiré intentándolo. Gracias.

miércoles, 19 de marzo de 2008

"Yo deseo la muerte, viste"

--¿Te bancás perder?
--Símmm...
--En serio, ¿te bancás perder en algo?
--Bueno, no, ¿a quién le gusta perder? A mí no. ¡A nadie le gusta perder!
--Ah, viste, me parecía...
--No, no me gusta nada. Es más, soy jodido. Yo deseo la muerte, viste.

Qué lo parió a Mario Pergolini. Se lo dijo a Luis Majul en una de esas empalagosas entrevistas que hace por televisión. Me hizo reir, por supuesto. Es raro que alguien diga algo así poniendo la cara de coté, como los tiburones con las cámaras de Discovery Channel.

Lo de Mario es naturaleza humana pura, sin filtros. Nada más parecido a un homo sapiens rascándose el pecho.

Porque, a ver: la bondad, la solidaridad, la cachetada en ambos cachetes, todo eso garpa, estoy segura; la buena onda vuelve y disuade somníferos, ¿pero quién no tuvo alguna vez algún deseo, digamos, retorcidito?

Y no me refiero a esas cosas raras que unos siente cuando agarra un bebé ("¿Y si le rompo el cuello en un ataque de locura? ¿Y si se me cae?"), a ese impulso de tirarnos del balcón cuando nos asomamos al abismo. No. Me refiero a representaciones mentales mal habidas: al deseo de que eso que tanto nos molesta del que nos molesta deje de molestarnos gracias a una molestia que pudiera sufrir el molesto.

Chevallier anuncia su partida con destino al infierno...

viernes, 14 de diciembre de 2007

Engaña pichanga

Tengo hambre, no almorcé y estoy en ese horario de total incertidumbre nutricional: cerca de las 19.

Me como dos aceitunas de las importadas, las regordetas. Avanzo con un yogur light insípido e incoloro. Sigo con un par de confites de chocolate robados de contrabando, previstos para la cena de Navidad. Estoy en lo de mis padres y hago lo que quiero, como cuando era chica y ellos salían a hacer control mental según el método Silva, alta moda en los 80.

Hay pepinos en la heladera, de esos agridulces que una no compra desde la devaluación de peso.

El bagre me canta una samba.

¿Por qué mierda no almorcé? Al final, la virgada del café con leche con tostadas que comí al mediodía fue una engaña pichanga. A propósito, ¿de dónde viene lo de engaña pichanga? La Real Academia Española define "pichanga" como "engañabobos, cosa que engaña o defrauda con su apariencia". Por lo tanto, "engaña pichanga" sería una redundancia, porque ambas palabras significan lo mismo.

Como sea, esto es un engaño. Si alguien esperaba un remate rebuscado, conclusivo, una reflexión más o menos elevada, disculpen por la pichanga.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Hay qué miedo...


Y la verdad es que el acto de asunción a la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, que fue hace un rato, me generó cierta cosa de desconfianza femenina, como cuando un hermano te presenta a la novia y ella no te gusta, no le crees. Claro que ya la conozco a la señora, a Néstor. Pero hoy es distinto.

Fíjense en la apertura de sus ojos en la foto: a media asta. A mí se me hace que tomó un ansiolítico, pero también puede ser que haya querido demostrar entereza o poder al no sonreir. O ambas cosas.

No sé si estaba armado como para dar sensación en matrimonio, de cotidianidad, pero lo cierto es que Cristina dio señales de neurosis galopante. Estaba tiesa o algo así. Y lo mandoneaba al marido como si le estuviera enseñando a hacer tallarines con la pastalinda.

Miedito, qué se yo...

sábado, 17 de noviembre de 2007

La perfecta tarta de zapallitos


Yo sé hacer la perfecta tarta de zapallitos. Es una de las más baratas y no se consigue en Conécticut: en Estados Unidos no se cultivan zapallitos.

La perfecta tarta de zapallitos lleva una cebolla grande y tres zapallitos, también grandes. Se cocina todo junto en un wok, a fuego medio. Se le pone pimienta negra, sal y un caldito de verdura desmenuzado con un cuchillo. No es necesario ensuciarse las uñas, con un cuchillo se deshace bastante bien.

Antes de que se termine de cocinar la mezcla hay que poner una tapa de tarta en una olla Essen de teflón, a fuego mínimo. Como para que se vaya haciendo.

Una vez dispuesto todo el asunto, colocar la mezcla sobre la masa pre cocida y tapar la Essen. La tarta queda parecida a la de la foto, que fue hecha por la chef Dolli Irigoyen pero no es perfecta. Para que lo sea, hay dejar transcurrir 40 minutos sin destapar la olla.

Mientras tanto, lo más recomendable es leer los diarios del día en Internet y comprobar cómo los periodistas tampoco destaparon ninguna. Ese tiempo alcanza. Quizá también como para relojear la última pelotudez de lagún blog como este.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

¿Existe algo más patético que desaprobar el examen teórico del carnet de conducir?

Me ocurrió a mí, esta mañana. A mí, que la juego de cancherita porque mi hermano me enseñó a manejar hace 12 años con dos caballetes. A mí, que nunca choqué, que tampoco tengo un auto con el que hacerlo.

Después de una hora y media esperando que una médica de tacos y collares de bolas rojas viera mis ojos miopes, pasé a la sala de examen teórico. No había estudiado, no me hacía falta. Autosuficiente, entregué las 100 preguntas con multiple choice antes que un larguirucho, alto y melenudo que rendía para manejar una moto. Tardaba tanto, el pobre.

Salí afuera de la sala a esperar que el empleado municipal a cargo me pasara las hojas y terminar con el insoportable trámite de una vez.

“¡Podés pasar un momentito?”, me dijo, como disculpandose y tratanto de no avergonzarme delante de los que rendían para moto, taxi; del pelilargo motoquero con jean chupín, que ya había terminado.

“No te enojes, pero vas a tener que venir la semana que viene”.

En la universidad también me bocharon y la sensación es siempre la misma: de perdedora irrecuperable. Pero esta vez era distinto. Era decididamente patético.

Para colmo, ni siquiera tuve la decencia de ocultarlo. Salía de la sala y dejaba atrás al motoquero (que por supuesto, sí había aprobado) cuando me llamó el más divertido de mis compañeros de trabajo para preguntarme por qué no había llegado a mi escritorio. Y entonces sí, le conté y lo logré: el resto del día estaba cagado.