
¿Por qué cada tanto nos cambiamos de silla? Yo lo hago cada cinco años. Es que en el juego de la silla, cinco años son suficientes para apoyar el traste en otro asiento y volver a empezar, como diría el hombre sin ningún talento, Alejandro Lerner. Lo notable es que la transición trae consigo síntomas de lo más extraños. Uno de ellos es el miedo. Ya saben, "ese" miedo. El lúdico. No el real, el que a mí me da cuando sueño con yararás, violaciones o los robos de un violador que anda con yararás, sino el miedo que los gurúes de autoayuda llaman "crecimiento", "riesgo", "desafío". Produce distintas reacciones:
1. Caca. No quiero explayarme en este punto, pero entiéndanme: hablo de caca.
2. Retorcijones en la panza.
3. Abandono de la comida como medio de supervivencia.
4. Muerte.
Como sea, de lo que aquí se habla es de un lugar común: "la sal de la vida". De eso que hay que vivir para, digamos, vivir. De lo contrario, estaríamos ante un caso de aburrimiento, desazón, agorafobia y apatía crónicas.
Aclaración: no pensaba decir que el bebé de más arriba soy yo cuando niña, pero lo voy a confesar para mostrar la clase de persona que es mi amado concubino, E. Apenas vio la foto, se rió y dijo que me parecía a Touefujonlsgfson...
-¿¿¿A quién???
-¡A Tor Jhonson!











