miércoles, 28 de noviembre de 2007

Cardigan bajo el brazo


Era sábado a la noche e iba apurado. Tenia las piernas cortas, así que no era demasiado lo que podía aportar para llegar a tiempo. Avanzaba por la avenida más iluminada entre bares llenos de gente, sonrisas estimuladas y cúmulos: de gente, de sillas, de ruido, de compañía.

Prolijo, llevaba un cárdigan de hilo bajo el brazo, como si estuviera recién planchado, como si lo fuera a guardar en el placar.

Era la medianoche: demasiado tarde para que un hombre como él, de cincuentas, con camisa a cuadros y panza de papá Noel, se encontrara con alguien para cenar. También muy temprano para irse a una barra a estereotipar al hombre solo y borracho.

No iba a ningún lado.

Sin embargo, su apuro había empezado media hora antes, cuando estaba a punto de acostarse a dormir. Acomodaba su ropa y de repente sintió, vomitó ganas de ver mesas con más de un comensal. Entonces resolvió salir de su casa con pisos de granito. Tan apurado, que se llevó consigo el cardigan que pensaba guardar.

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