--Que es esto
--Janis Joplin.
--Le da como loca a la voz y esta re bueno.
--Se murió de Cirrosis. Te tenés que quemar un hígado, ¿eh?
--Capaz que chupaba desde los seis... ¿Helará mañana? Hoy hizo mucho frío.
--Sí, boludo, un fenómeno inexplicable.
--Tengo el calefactor en el pasillo y es tiro natural, no balanceado. Me congelo, chabón. Y eso que no dormí con el calefactor al palo. Por lo menos no se apagó desde que lo prendí. El termotanque tampoco.
--Ah, es termotanque.
--Sí, pero si no tengo el plumón la paso muy mal.
--Por ahí con un burlete.
--Sí, pero no se si es seguro.
--¿Por?
--Porque el calefactor se come el oxígeno de adentro. Es un quincho con una habitación y un lavadero. Sospecho que vivo en un quincho. La cocina es una mierda. Decí que apenas la uso. Y el horno apenas cierra. Pero me chupa un huevo. Me tengo que comprar una cortina. Me parece, boludo, que el aguinaldo lo voy a reventar en la casa esa.
(Esteban y Nico, en este momento, con una copa de vino en la mano. Yo tirada a un metro, con los pies del lado del calefactor: hoy fue el primer gran-sentido frío del año).
--Vi una película... no me acuerdo, de un ex integrante de los rolling, Brian Empstein, algo así.
--Puede ser, no me suena.
--Es cualquiera el chabón, onda Jim Morrison.
--Tipo biopic.
--Bueno, me retiro muchachos.
--Para que Maru no terminó de escribir.
--Hay otra banda de esa época.
--¿Cual?
miércoles, 28 de mayo de 2008
jueves, 22 de mayo de 2008
Titanic
Quien no se ha reído solo mientras camina por la calle. Quien no ha apretado los labios para que no se note que se está a punto de gritar de carcajadas. A mí me pasa de lo más seguido. Pero hay escenas que sobresalen en el backup de las risotadas solitarias. Yo tengo un episodio de hace unos siete años que no hay caso, che, cada vez que me acuerdo me tengo que morder el labio inferior.
Mis amigas y yo estábamos por entrar a un boliche en cuyo ingreso se había formado un tapón de gente, camperas, patovicas y maquillaje. Hacía un frío inncesario y se escuchaban gritos, de cerca y de lejos; incluso eructos. Hasta que se complicó. Desde el fondo empezaron a empujarnos a nosotras, que estábamos muy cerca de la entrada, hacia la panza del patovica que se paraba con las piernas abiertas y los brazos cruzados. Entonces mi amiga Chilli empezó a gritar como una andaluza:
--¡¡Mujeresh y niñosh primero!! ¡¡Mujeresh y niñosh primero!!
Ni el patovica se aguantó de abrir la boca para soltar la tentación. Es más, desanudó la cuerda que impedía pasar y nos dejó entrar al boliche. Di unos pasos, me di vuelta y lo vi: el tipo se reía solo.
Mis amigas y yo estábamos por entrar a un boliche en cuyo ingreso se había formado un tapón de gente, camperas, patovicas y maquillaje. Hacía un frío inncesario y se escuchaban gritos, de cerca y de lejos; incluso eructos. Hasta que se complicó. Desde el fondo empezaron a empujarnos a nosotras, que estábamos muy cerca de la entrada, hacia la panza del patovica que se paraba con las piernas abiertas y los brazos cruzados. Entonces mi amiga Chilli empezó a gritar como una andaluza:
--¡¡Mujeresh y niñosh primero!! ¡¡Mujeresh y niñosh primero!!
Ni el patovica se aguantó de abrir la boca para soltar la tentación. Es más, desanudó la cuerda que impedía pasar y nos dejó entrar al boliche. Di unos pasos, me di vuelta y lo vi: el tipo se reía solo.
martes, 13 de mayo de 2008
Oda al bebé
Siempre me gustaron los bebés. De chica, jugaba a la mamá en forma exhaustiva. Incluso le proponía a mi amiga y vecina Anita, y ella accedía, que jugáramos cada una en su casa. Que imagináramos que eramos sendas mamás que cuidaban a su bebitos solas y que cada tanto se visitaban mutuamente. Nunca había un hombre de por medio. Me gustaba pensar que mi casa era muy pequeñita, cálida, que se tomaba café con leche en tazas blancas y que había olor a tarta de manzana con canela. Entonces, cerca de los ocho, resolví que sería madre a los 24.
Cuatro años desfasada, hoy a la mañana me sentí una loba, pero sin Rómulo y Remo. Como no tenía ganas de estar en el diario, me fui a la Municipalidad, donde trabaja Beti, la jefa de Prensa, una bonsái de señora de un metro cuarenta cuya voz se corresponde con esa estatura. Adorable. Sin embargo, cuando la encontré me importó un carajo su presencia, la agenda del día, mi trabajo, la mañana que se hacía mediodía y demás estupideces: Beti tenía a upa a Isabella, la beba de un mes de Mario, uno de mis compañeros de trabajo preferidos.
Ni pregunté. Expropié a la criatura y le dije a Mario, que estaba ahí, que la nena no volvía al cochecito en todo lo que quedaba de la mañana. Que se quedaba conmigo y en brazos.
La beba tiene dos pelotas de árbol de Navidad al lado de la boca. Los ojos alargados, grandes, negros y brillantes. La nariz, ínfima, se le hunde como los botones de un sillón mullido. Debe medir 40 centímetros, pero para ulcerarme de ternura... ¡se encogía! Se retorcía sobre sí misma en posición fetal. Tenía pedos, claro. No sé de dónde me salió la solución al conflicto, pero lo resolví con tanta hidalguía que creo que se debió al magister en juego a la mamá que llevo adentro. Puse a la nena boca abajo y le di palmaditas con pequeños movimientos hacia arriba y abajo. No sólo se calmó, sino que se durmió. Después llegó la mamá, halagué lo que había engendrado y se la devolví.
Muchas veces me pregunté por qué me gustan tanto los bebés. Amigas, padres, abuelos enfermos, todos me preguntan lo mismo desde que menstrué por primera vez: cuándo voy a tener uno. A medida que me alejo cada vez más de los 24 yo también me pregunto cuánto más seguiré con esta abstinencia maternal. A esta altura ya es contra natura.
Cuatro años desfasada, hoy a la mañana me sentí una loba, pero sin Rómulo y Remo. Como no tenía ganas de estar en el diario, me fui a la Municipalidad, donde trabaja Beti, la jefa de Prensa, una bonsái de señora de un metro cuarenta cuya voz se corresponde con esa estatura. Adorable. Sin embargo, cuando la encontré me importó un carajo su presencia, la agenda del día, mi trabajo, la mañana que se hacía mediodía y demás estupideces: Beti tenía a upa a Isabella, la beba de un mes de Mario, uno de mis compañeros de trabajo preferidos.
Ni pregunté. Expropié a la criatura y le dije a Mario, que estaba ahí, que la nena no volvía al cochecito en todo lo que quedaba de la mañana. Que se quedaba conmigo y en brazos.
La beba tiene dos pelotas de árbol de Navidad al lado de la boca. Los ojos alargados, grandes, negros y brillantes. La nariz, ínfima, se le hunde como los botones de un sillón mullido. Debe medir 40 centímetros, pero para ulcerarme de ternura... ¡se encogía! Se retorcía sobre sí misma en posición fetal. Tenía pedos, claro. No sé de dónde me salió la solución al conflicto, pero lo resolví con tanta hidalguía que creo que se debió al magister en juego a la mamá que llevo adentro. Puse a la nena boca abajo y le di palmaditas con pequeños movimientos hacia arriba y abajo. No sólo se calmó, sino que se durmió. Después llegó la mamá, halagué lo que había engendrado y se la devolví.
Muchas veces me pregunté por qué me gustan tanto los bebés. Amigas, padres, abuelos enfermos, todos me preguntan lo mismo desde que menstrué por primera vez: cuándo voy a tener uno. A medida que me alejo cada vez más de los 24 yo también me pregunto cuánto más seguiré con esta abstinencia maternal. A esta altura ya es contra natura.
jueves, 1 de mayo de 2008
¿El trabajo dignifica?
Conozco a alguien que marca tarjeta en una empresa desde hace 30 años y que dice que el trabajo no dignifica. Que lo dejen de joder: que el trabajo no dignifica una mierda, que es un concepto post revolución industrial para la clase baja. Que la gente que piensa, la que decide, esa gente nunca trabajó.
Hoy es el Día del Trabajo, el único feriado, junto con Navidad y Año Nuevo, que tenemos en la redacción.
Y yo hice lo de todos los días de "nana": me desperté tipo diez, tomé un café con leche con vainillas que me trajeron a la cama y seguí reposando, aplastada como un pato, contenta porque más tarde comería un lindo asado, escribiría mi proyecto de novela, iría a caminar; en fin, "nana".
Me sentí muy digna. Y ya sé que sin aquello no habría esto y que los ingredientes del tiramisú para el almuerzo de hoy los pagué con el sudor de mis dedos y que menos mal que tenés un trabajo que encima te gusta y que del uno al cinco cobrás, y que más vale que no te quejes y pienses que hay gente que no tiene nada y subsiste con subsidios del submundo y que sos una desagradecida horrible.
En el post de más abajo decía que el instante en el que me despierto no es un buen momento. ¡Es que pienso en todo esto! Pero enseguida arranco.
El despertador suena a las 8.20 y es un autoengaño. Sigo. Los lunes y miércoles, hasta las 9. El resto de los días, un poco antes.
Hago un canelón con las colchas y me siento como colicué, desabrigada...
Hoy es el Día del Trabajo, el único feriado, junto con Navidad y Año Nuevo, que tenemos en la redacción.
Y yo hice lo de todos los días de "nana": me desperté tipo diez, tomé un café con leche con vainillas que me trajeron a la cama y seguí reposando, aplastada como un pato, contenta porque más tarde comería un lindo asado, escribiría mi proyecto de novela, iría a caminar; en fin, "nana".
Me sentí muy digna. Y ya sé que sin aquello no habría esto y que los ingredientes del tiramisú para el almuerzo de hoy los pagué con el sudor de mis dedos y que menos mal que tenés un trabajo que encima te gusta y que del uno al cinco cobrás, y que más vale que no te quejes y pienses que hay gente que no tiene nada y subsiste con subsidios del submundo y que sos una desagradecida horrible.
En el post de más abajo decía que el instante en el que me despierto no es un buen momento. ¡Es que pienso en todo esto! Pero enseguida arranco.
El despertador suena a las 8.20 y es un autoengaño. Sigo. Los lunes y miércoles, hasta las 9. El resto de los días, un poco antes.
Hago un canelón con las colchas y me siento como colicué, desabrigada...
miércoles, 23 de abril de 2008
Crónica de lo crónico
El despertador suena a las 8.20 y es un auto engaño. Sigo. Los lunes y miércoles, hasta las 9. El resto de los días, un poco antes.
Hago un canelón con las colchas y me siento como colicué, desabrigada. No es un buen momento.
Camino hacia el comedor y me tambaleo. Prendo la tele, en un canal local y estático que sólo pasa música de radio (la 92.7, creo) y la temperatura exacta. Enseguida cambio y pongo el noticiero Arriba Argentinos. Subo el volumen para que se escuche desde todo el departamento.
Vuelvo a la pieza y me visto. De vez en cuando tengo dudas, fuertes dudas. Hoy, por ejemplo, perdí seis minutos buscando una polera blanca de algodón que había guardado cuando terminó el último invierno y que desapareció misteriosamente.
Me visto y ato el pelo con un rodete ajustado para que no me moleste en las actividades sucesivas. Me lavo la cara con agua fría y voy al escritorio a buscar un cestito de mimbre donde guardo unos rústicos y desvencijados maquillajes.
Me pongo una crema de Caviahue, el centro de esquí neuquino. Es barata, grasosa y viene en un pote alargado, blanco. La uso desde hace años. Horacio, un vecino de mis padres, tiene un hijo que pasa los veranos ahí como guía de pesca con mosca y cada vez que lo va a visitar me trae un par de potes. Con dos tiro un año y medio.
Me pongo sombra en los ojos de acuerdo a la ropa: si predomina el negro, de negro; si predomina el marrón, como casi siempre, de marrón. En ambos casos, con una base clarita.
Los jueves me acerco al televisor a mirar los estrenos de cine de la semana.
Siempre con el rodete y ya vestida y maquillada, paso a la cocina. Pongo leche en una taza, 1,20 minutos de microondas y dos cucharadas de café y un chorrito de edulcorante. Revuelvo. Agarro 2/3 galletitas, las que haya. Hoy me di un lujo: dos Frutigran de avena con pasas de uva.
Desayuno en el sillón. Trato de no mancharme, pero a veces no me sale.
Preparo el bolso. Si tengo vianda para el almuerzo, la pongo en una bolsa chiquita, paqueta.
Voy al baño, me lavo los dientes y peino como pienso quedar el resto del día. Me abrigo, cuelgo el bolso y pongo los auriculares del MP3. Agarro las llaves y salgo.
Estoy segura de que si el resto de mis días me la pasara haciendo bungee jumping, pariendo, jugando a la rayuela o disfrazándome de chancho, cumpliría metódicamente este o algún otro operativo de preparación matutina.
¿Hay alguien que no lo haga?
Hago un canelón con las colchas y me siento como colicué, desabrigada. No es un buen momento.
Camino hacia el comedor y me tambaleo. Prendo la tele, en un canal local y estático que sólo pasa música de radio (la 92.7, creo) y la temperatura exacta. Enseguida cambio y pongo el noticiero Arriba Argentinos. Subo el volumen para que se escuche desde todo el departamento.
Vuelvo a la pieza y me visto. De vez en cuando tengo dudas, fuertes dudas. Hoy, por ejemplo, perdí seis minutos buscando una polera blanca de algodón que había guardado cuando terminó el último invierno y que desapareció misteriosamente.
Me visto y ato el pelo con un rodete ajustado para que no me moleste en las actividades sucesivas. Me lavo la cara con agua fría y voy al escritorio a buscar un cestito de mimbre donde guardo unos rústicos y desvencijados maquillajes.
Me pongo una crema de Caviahue, el centro de esquí neuquino. Es barata, grasosa y viene en un pote alargado, blanco. La uso desde hace años. Horacio, un vecino de mis padres, tiene un hijo que pasa los veranos ahí como guía de pesca con mosca y cada vez que lo va a visitar me trae un par de potes. Con dos tiro un año y medio.
Me pongo sombra en los ojos de acuerdo a la ropa: si predomina el negro, de negro; si predomina el marrón, como casi siempre, de marrón. En ambos casos, con una base clarita.
Los jueves me acerco al televisor a mirar los estrenos de cine de la semana.
Siempre con el rodete y ya vestida y maquillada, paso a la cocina. Pongo leche en una taza, 1,20 minutos de microondas y dos cucharadas de café y un chorrito de edulcorante. Revuelvo. Agarro 2/3 galletitas, las que haya. Hoy me di un lujo: dos Frutigran de avena con pasas de uva.
Desayuno en el sillón. Trato de no mancharme, pero a veces no me sale.
Preparo el bolso. Si tengo vianda para el almuerzo, la pongo en una bolsa chiquita, paqueta.
Voy al baño, me lavo los dientes y peino como pienso quedar el resto del día. Me abrigo, cuelgo el bolso y pongo los auriculares del MP3. Agarro las llaves y salgo.
Estoy segura de que si el resto de mis días me la pasara haciendo bungee jumping, pariendo, jugando a la rayuela o disfrazándome de chancho, cumpliría metódicamente este o algún otro operativo de preparación matutina.
¿Hay alguien que no lo haga?
miércoles, 16 de abril de 2008
La misteriosa oficina de arriba
La redacción donde yo trabajo es igual al estereotipo de cualquier sala donde se escribe un diario: metros y metros cuadrados mal iluminados, con decenas de computadoras en filas, una atrás de la otra.
Esta redacción tiene una isla de aire en el medio que la conecta visualmente con las oficinas administrativas de arriba.
Mi escritorio está justo en el medio de esa isla, así que cada miércoles, cuando las revistas Gente y Caras llegan a mis manos, como hoy, el gerente del diario puede verme desde arriba con la pierna izquierda apoyada en triángulo sobre la derecha y con la taza de mate cocido en el aire. Puede verme boludear rotundamente.
Sin embargo, si yo levanto la vista no lo veo a él, sino a una misteriosa oficina vacía. Sólo alcanzo a ver un vidrio, cierta biblioteca y algo que podría ser un escritorio. Es muy raro. El lugar pareciera esperar, expectante.
--¡Ehhh! ¡Pssi! ¡Hay una presencia! --susurró a los gritos esta mañana un compañero cuyo escritorio está al lado del mío, en la fila siguiente.
Efectivamente, había un sujeto. De unos treinta y pico, resuelto, deambulaba sin notar que desde abajo era observado por dos periodistas que lo miraban como dos perros abajo de una mesa.
No es el primero que entra a la oficina. La verdadera PRESENCIA, en realidad, fue la de una señora muy paqueta que nadie cruzó nunca en ningún ascensor, ni en el buffet; mucho menos en la redacción.
Esta señora, rubia, de pelo corto y trajecito, parecía divorciada, con hijos grandes, profesionales y visita semanal a la peluquería. Fue vista en diciembre. Caminaba por atrás y adelante del escritorio, tomaba café sobre una bandejita. Pero sólo estuvo una semana. Sin ser vista jamás por ningún redactor en algún otro espacio de la empresa, la señora desapareció. Nunca nadie supo a qué vino, cómo se llamaba, qué hizo en esa oficina ni por qué todavía no volvió.
Esta redacción tiene una isla de aire en el medio que la conecta visualmente con las oficinas administrativas de arriba.
Mi escritorio está justo en el medio de esa isla, así que cada miércoles, cuando las revistas Gente y Caras llegan a mis manos, como hoy, el gerente del diario puede verme desde arriba con la pierna izquierda apoyada en triángulo sobre la derecha y con la taza de mate cocido en el aire. Puede verme boludear rotundamente.
Sin embargo, si yo levanto la vista no lo veo a él, sino a una misteriosa oficina vacía. Sólo alcanzo a ver un vidrio, cierta biblioteca y algo que podría ser un escritorio. Es muy raro. El lugar pareciera esperar, expectante.
--¡Ehhh! ¡Pssi! ¡Hay una presencia! --susurró a los gritos esta mañana un compañero cuyo escritorio está al lado del mío, en la fila siguiente.
Efectivamente, había un sujeto. De unos treinta y pico, resuelto, deambulaba sin notar que desde abajo era observado por dos periodistas que lo miraban como dos perros abajo de una mesa.
No es el primero que entra a la oficina. La verdadera PRESENCIA, en realidad, fue la de una señora muy paqueta que nadie cruzó nunca en ningún ascensor, ni en el buffet; mucho menos en la redacción.
Esta señora, rubia, de pelo corto y trajecito, parecía divorciada, con hijos grandes, profesionales y visita semanal a la peluquería. Fue vista en diciembre. Caminaba por atrás y adelante del escritorio, tomaba café sobre una bandejita. Pero sólo estuvo una semana. Sin ser vista jamás por ningún redactor en algún otro espacio de la empresa, la señora desapareció. Nunca nadie supo a qué vino, cómo se llamaba, qué hizo en esa oficina ni por qué todavía no volvió.
domingo, 6 de abril de 2008
Boina de contradicciones

Parece más joven la Cristina Kirchner de la foto. Los guantes de cuero, la bufanda cual adolescente del secundario, la boina tan París intelectual de los '60. Hasta luce gauchita la presidenta que marcha por las calles de Francia.
No sé si es o se hace. Dudo que haya caminado por una calle cualquiera de su país en los últimos años. Salvo la Casa Rosada, la residencia de Olivos y los pasadizos del glaciar Perito Moreno, esta mujer no debe recordar lo que es un cordón cuneta industria nacional.
Y resulta que ahí está, en París, en-la-calle, sosteniendo una bandera en un idioma que no sabe hablar y con las manitos de una teen enamorada de la facha del Che Guevara.
Pude verla dos veces. La primera, hace unos dos años, ella y su marido estuvieron en esta ciudad sólo unas pocas horas. No hablaron con ningún medio, pero llenaron un club de barrio de gente, banderas y gritos obsecuentes sólo para que fuera filmado, fotografiado y grabado. La última vez fue hace poco, en plena campaña electoral. Cristina usó el avión oficial y los ocho kilómtros entre el aeropuerto y el centro los hizo en helicóptero.
Por eso, insisto: no sé si es o se hace. El país recién se está recuperando de un paro agropecuario de 20 días por culpa de sus bravuconadas y ella, ahí, luchando por los derechos humanos de los franceses y la cantidad justa de atún en le baguette.
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