martes, 6 de octubre de 2009

Talueeeego


Vuelvo en un rato. Talueeeeego.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Flash informativo


Tomo un taxi para sacar fotos de una instalación eléctrica. Debo pasar por la ruta, la ruta donde está la planta embotelladora en la que trabaja Esteban.

Mensaje de texto:

-Estoy a dos cuadras de la planta, en un taxi.

Paso de largo a 47 kilómetros por hora.

Contra el alambrado; jean azul, lentes, polar negro y rulos al viento, Esteban sonríe/saluda con la palma abierta.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Funebreros


Qué tipos interesantes, los funebreros.

Altos, flacos, de traje color "cremita", siempre rondan los 60 y tienen la amabilidad justa que amerita su puesto: una mezcla de congoja distante, seriedad y sonrisa de jubilado.

Son copados los funebreros, bah.

Hace algunas semanas, durante el velorio de mi abuelo, tuve por primera vez la oportunidad de circular por la ciudad en un coche fúnebre, uno de esos desde los que se puede ver a alguna que otra señora persignándose con la bolsa de los mandados.

¡Y vieran al funebrero! Silencioso y conversador; era él y nuestra circunstancia. No dijo ni mientras manejaba en las primeras cuadras, pero luego, con mi abuelo ya enterrado, escuchó que pocas horas antes me habían zampado una multa en el auto e intervino con oficio y preocupación verosímiles:

-Señorita, pida una constancia en nuestra oficina administrativa. Diga que estacionó frente a la casa velatoria porque es la nieta del fallecido. Se lo tomarán como válido en el Tribunal de Faltas, ya va a ver.

Hace pocos días volví a comprobar el carisma funebrero en otro sepelio, uno que no me tocaba directamente. Altos y flacos, estos tipos no dejaban de llamar mi atención.

Y hoy, otra vez.

Perdida, miope y sin encontrar la dirección de un local de elementos de riego, pasé por una casa velatoria, la más conocida de la ciudad. En la puerta estaba el funebrero: parecía un chorro de soda. Proactivo, me habló:

-Chica, qué busca. La noto perdida.
-Ah. Gracias. Un local de riego, patios y elementos por el estilo.
-Allá enfrente, mire.
-¡Muchas gracias, señor!

A la vuelta, pasé otra vez. A propósito.

-¿Y chica? ¿Cómo le fue? ¿Encontró el local?

Una vez más, la auténtica hidalguía funebrera, evidente.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Bueeeeeenassss


Bueeeeeenasss. Mucho gusto, encantado. Soy el bebé de la que suscribe, el de la foto. Mido diez centímetros y no sé si me llamo Antonia o Manolo. Habrá que ver lo que deciden mis padres. A propósito, no logro entender a esos dos. Mi mamá está muy sensible: llora cuando ve un árbol florecido, emula a una bailarina clásica en el living y llama a la Presidenta de la Nación "yegua de mierda", todo en la misma hora. Pero lo de mi papá es más raro. Apenas llega de trabajar se asoma por la ventana con una escopeta y le apunta a unos ratoncitos de nombre extraño, tucu-tucu, creo, que no superan el tamaño de su mano. Que no superan mi propio tamaño. Así las cosas, parece que está encantado con mi presencia. Entre otras cosas, creo, porque a mi mamá le han crecido las lolas. Dicen que el asunto de las tetas se vuelve importante con el paso del tiempo. Veremos qué pasa en cinco meses. Por ahora no me interesan. Es que debo confesar que estoy cómodo de este lado. A diferencia de ustedes, a mí me sobra el agua, así que no tengo que andar pensando en diques, pozos millonarios ni en que me van a multar por regar un potus, como pasa en Bahía Blanca. Tampoco en si nieva o hacen 30 grados en medio del invierno. A mí lo único que me importa, qué quieren que les diga, es que alguna que otra vez mi mamá se coma un alcaucil.

sábado, 29 de agosto de 2009

La historia del tucu-tucu y el francotirador


Lo ví por primera vez en diciembre de 2008, apenas nos mudamos. Yo regaba y él se paseaba por el frente de la casa. Un topo, un tutu-tucu nos daba la bienvenida.

-¡Esteban! ¡Esteban! ¡Hay una ardillita en el patio!

Días más tarde apareció otro igual. Esteban lo agarró y exhibió en un enorme frasco de dulce de alcayota que nos habían traído de San Juan.

-¡No lo mates, por favor! ¡Es hermoso! -supliqué.
-Pero mirá que es un animal de mierda. Se come las raíces.
-Por favor no lo mates.

Pasaron los meses, hasta que un día nos encontramos con cuatro pozos alrededor del fresno, nuestro único árbol. A la semana, los agujeros eran 12.

-Mirá lo que hizo tu ardillita. Bicho hijo de puta -dijo Esteban.

Ensañado, mi marido empezó a averiguar.
1. En Google: "tucu-tucu + patio", "topo + muerte".
2. Un ácido de nosequé debajo de la tierra lo podía matar, pero era peligroso.
3. Un chicle Adams (no otro) en el borde de la madriguera podía producirle una indigestión fatal.

-No hay caso -sentenció Esteban-: la única alternativa es pegarle un tiro en la cabeza con el aire comprimido.
-¿Y cómo vas a hacer? Lo veo difícil.
-Me asomo en la ventana de la pieza, espero que saque la cabeza, apunto y lo reviento.
-Me parece muy bien. Mañana te consigo un aire comprimido.
-Pero cómo, ¿y la "ardillita"?

A los pocos días, el miércoles, Esteban le pegó un tiro al topo.

Modestamente, soy una defensora de lo que en periodismo se conoce como "show don't tell", o sea, de mostrar los hechos sin explicar, sin decir qué es lo que se quiere decir, valga la redundancia.

Pero esta vez no lo voy a hacer. Voy a "decir". Es muy original: todo cambia; todo se mueve, vibra.

Así como se pasa de "ardillita" a "topo de mierda", este post, de hecho, está a punto de cambiar.

Porque a comienzos de semana me pegué una tremenda desilusión laboral. Luego mi abuelo cayó en terapia intensiva. Como mi mamá estaba de vacaciones, le mentí por teléfono. En el medio ví por primera vez a mi bebé de ocho centímetros a través de la ecografía: movía el culito y se metía el dedo en la boca. Al día siguiente, el miércoles, resultó que mi abuelo, uno de esos presentes, de los que operan en el disco rígido de la infancia, falleció.

La pregunta entonces es qué tuvo ver el finado tucu-tucu con la muerte de mi abuelo.

Simple: la historia de la "ardillita" y el francotirador alivió al menos por un momento una semana cargada de emociones fuertes.

Igual, igualito a lo que pasó en este post.

martes, 18 de agosto de 2009

Gordis


Mariana es la chica a la que desde hace unos meses pago para que me ayude en la limpieza. Delgada y menudita, de pronunciación monocorde y nasal, viene a casa una vez por semana, a la mañana. Cobra 30 pesos más cuatro colectivos, lo que hace un total de 36,40. Toma mate, come galletitas, escucha "cualquier cosa menos noticioso", esconde los libros que encuentra sobre la mesa de luz y limpia decentemente. Es más grande que yo y se empecina en llamarme "señora María Eugenia".

-Nací sietemesina.

Fue lo primero que me contó. Rarísimo. Que yo sepa, la información neonatológica no indica demasiado: "Nací por parto natural", "Mi mamá me tuvo en una habitación doble", "Fui concebida en una lancha, mientras mis padres paseaban por la laguna Sauce Grande". No dice nada.

Sin embargo, más raro fue lo de hoy.

Amanecí mal. Me dolía la garganta, la cabeza, la espalda; la vida misma me dolía. Mi hermano el doctor Jhony diagnosticó anginas y recetó antibióticos. Al bebé, que ya cumplió 13 semanas abajo de mi ombligo, no le va a pasar nada, aseguró. Así, cerca de las 8 conecté la notebook, el pedorro módem de Claro y me puse a trabajar en la cama.

Cerca de las las 11 recibí un mensaje de texto. Era Mariana:

-Como andas gordis mañana nos vemos.

Se había equivocado de destinatario. Parecía que se dirigía a un novio, así que no contesté.

-¡Qué bueno! ¡Mariana tiene novio! Pobrecita, se la ve tan sola. Cuidando a su papá enfermo, a sus sobrinos. En buena hora que salga con alguien y haga la cochinada -maquiné.

Dos horas más tarde me llamó al celular.

-¡Mariana! ¿Cómo andás? ¿Todo bien?
-Sí, sí, gracias, señora. ¿Y usted? ¿Y el bebé?
-Bien, acá. Hoy un poco complicados porque tengo anginas. Pero nada grave.
-Ah. Por eso llamaba. Ví las ventanas abiertas -Mariana también trabaja en lo de El Jhony, que vive enfrente- y me imaginé que algo pasaba. ¿Quiere que mañana vaya igual? Hoy le mandé un mensaje. No me contestó, señora.
-¿Un mensaje? No, yo no recibí nada. Bah, sí, recibí un mensaje tuyo, pero uno que le mandabas a tu novio.
-¿Novio? Señora María Eugenia, yo no tengo novio. El mensaje era para usted.
-¡Ah! ¡Perdón! Como pusiste "gordis", pensé que...
-¿Acaso usted no está "gordis" ahora?
-...

viernes, 7 de agosto de 2009

La fiesta de la harina


Hace unos años un grupo de amigos y yo alquilamos una cabaña con salamandra en Villa Ventana. Fue "La fiesta de la harina". La denominamos así por la cantidad de tortas, masitas, pastas, tartas, escones, alfajores de maizena y demás manjares llenos de hidratos que metimos en el estómago.

Tan es así que una de las noches nos tiramos boca abajo, cada uno en su cama, a hablar de qué-es-lo-que-más-querría-que-le-pasara. Era mediados de julio, hacía frío y afuera sólo había ramas y gatos y una silenciosa y observadora nena de dos años, la hija del dueño de la cabaña, con un casco de pelo negro, tan pero tan voluminoso que daba sensación de oscuridad y vacío. La solución, por supuesto, era ingerir más harina: bizcochitos, bolas de fraile. Y salió esto:

1. Quisiera descubrir algo terriblemente novedoso: una vacuna, una forma de energía alternativa.

2. Ganar mucho dinero de golpe gracias a algo que generara admiración hacia mi persona.

3. Que mis números salieran en el Quini.

4. Me encantaría que en este momento viniera algún extraterrestre a comer una masita.

5. ¡A mí también!

6. ¡Y a mí! Pero yo además escribiría algo zarpado al respecto, lo vendería a una buena revista, iría con las mejores fotos, ganaría un Pulitzer y me haría rica y reconocida.

Todo lo que pasó en la Fiesta de la harina fue así: infantil, lúdico, serrano.

Sin embargo y aunque entonces no lo dije, desde que tengo memoria o al menos desde que menstrué por primera vez, lo que más he querido es tener un bebé.

Todo parece indicar que en unos meses lo voy a tener. Pero resulta que me muero de miedo. Tanto como por una vacuna o una nueva forma de energía que generen guerras, una proporción de fama y dinero que me agobien, un extraterrestre cuya inteligencia me mate o una constipación severa por exceso de harinas. O más.

Va en infinitivo: querer y temer.

Hormonal, bah.